Eh! ¡Abrime! ¡Soy yo, el gordo! Le reconocí su cara redonda, oscura y siempre sudada por detrás de los hierros de la ventana que da a la calle. Llovía apenas un poco. Eran mas de las doce y la casa estaba en silencio. El perro nomás por ahí, agitado por el calor y la humedad.
Me estaba hirviendo un par de huevos que me había traído la vecina para comerlos con pan. El gordo entró puteando, me siguió hasta la cocina y se sentó en una esquina, apoyando sus gruesos brazos sobre la mesa. Sin previas ni nada largó todo. Lo escuché sin ganas. La cosa era que Osvaldo le había dicho que ya no podía aguantarlo más en la remisería. Que lo disculpe, pero que el viejo y la mujer le tiraban la bronca y que tenían razón, al final, porque ya habían pasado como cinco meses y medio. El gordo trabajaba, comía, escabiaba, dormía y cagaba en la remisería de Pedernera y Roca. “Mirá vos lo gila que es la gente, guacho, son unos giles, yo que el mes pasado…”. Todas las noches, antes de arrancar el turno, el gordo pasaba por la esquina de Castañón y se arrastraba a una puta hasta la agencia. La pibita se la chupaba un rato en el baño, una cosa rápida. Mientras, el teléfono sonaba.
Me dijo que había armado rosca. Que en medio de la discusión lo había manoteado del cuello a Osvaldo y lo había sacado a la calle a las trompadas, y que sino lo paraba el viejo René, que justo pasaba, lo mataba ahí mismo. Le pregunté adonde había dejado las cosas. “En lo de Lidia”, me contestó, con la mirada perdida. Después hizo un gesto luminoso con su cara, como quien se acuerda de algo importante, y sacó del bolsillo de la campera un tizón enorme. Corrió el mantel y empezó a raspar con una cuchillo, uno tras otro, sin parar. Tomaba, puteaba, tomaba, puteaba. Se habrá pegado uno diez viajes en cinco minutos. Luego me hizo el gesto. “Pasame un toque nomás” le dije. Afuera ya se había largado fuerte.
El gordo quedó en silencio un rato. Miraba fijamente sus manos y respiraba pesadamente. Parecía pensar. La luz amarillenta de la cocina iluminaba tenue y la noche ganaba espacios por todos lados, de a poco. Por las ventanas, por la puerta entreabierta, por el ruido de coches lejanos, por el zumbido latente. Ambos nos hundimos en nuestro propio vacío.
Agarré lo que quedaba de la tiza y se la enseñé. “Dale tranquilo, guacho” me dijo.
Me estaba hirviendo un par de huevos que me había traído la vecina para comerlos con pan. El gordo entró puteando, me siguió hasta la cocina y se sentó en una esquina, apoyando sus gruesos brazos sobre la mesa. Sin previas ni nada largó todo. Lo escuché sin ganas. La cosa era que Osvaldo le había dicho que ya no podía aguantarlo más en la remisería. Que lo disculpe, pero que el viejo y la mujer le tiraban la bronca y que tenían razón, al final, porque ya habían pasado como cinco meses y medio. El gordo trabajaba, comía, escabiaba, dormía y cagaba en la remisería de Pedernera y Roca. “Mirá vos lo gila que es la gente, guacho, son unos giles, yo que el mes pasado…”. Todas las noches, antes de arrancar el turno, el gordo pasaba por la esquina de Castañón y se arrastraba a una puta hasta la agencia. La pibita se la chupaba un rato en el baño, una cosa rápida. Mientras, el teléfono sonaba.
Me dijo que había armado rosca. Que en medio de la discusión lo había manoteado del cuello a Osvaldo y lo había sacado a la calle a las trompadas, y que sino lo paraba el viejo René, que justo pasaba, lo mataba ahí mismo. Le pregunté adonde había dejado las cosas. “En lo de Lidia”, me contestó, con la mirada perdida. Después hizo un gesto luminoso con su cara, como quien se acuerda de algo importante, y sacó del bolsillo de la campera un tizón enorme. Corrió el mantel y empezó a raspar con una cuchillo, uno tras otro, sin parar. Tomaba, puteaba, tomaba, puteaba. Se habrá pegado uno diez viajes en cinco minutos. Luego me hizo el gesto. “Pasame un toque nomás” le dije. Afuera ya se había largado fuerte.
El gordo quedó en silencio un rato. Miraba fijamente sus manos y respiraba pesadamente. Parecía pensar. La luz amarillenta de la cocina iluminaba tenue y la noche ganaba espacios por todos lados, de a poco. Por las ventanas, por la puerta entreabierta, por el ruido de coches lejanos, por el zumbido latente. Ambos nos hundimos en nuestro propio vacío.
Agarré lo que quedaba de la tiza y se la enseñé. “Dale tranquilo, guacho” me dijo.