Cuando por motivo de mudanzas y muertes la casa familiar quedó en nuestro poder, con mi hermano dejamos de pagar absolutamente todas las cuentas. Cada papel ensobrado que se tiraba por debajo de la puerta era directamente descartado en la bolsa de basura. En el caso de que por esas casualidades ese día hubiera una bolsa donde tirar los residuos. Sino quedaban en el suelo, ahí hasta donde había llegado el envión del cartero. O bien se utilizaba el sobre para anotar los puntajes del truco o la escoba de quince, por las noches, todos duros, escolaciando hasta la salida del sol. Mi último intento por mantener la legalidad fue pasar el servicio de luz a mi nombre. Se me ocurrió que en caso de juicio o alguna otra movida, a mí no podrían sacarme nada. Porque no tenía nada. Nada, salvo una antiquísima bicicleta de marca italiana, conocida por los pibes como la Barraforte.Una de las tantas veces que vinieron los de la compañía eléctrica a cortar el suministro, recuerdo que unas viejas vecinas se agolparon frente a mi puerta a regocijarse con el espectáculo de ver como el tipo en cuestión cortaba los cables, cambiaba las trabas y desoía mis mentiras sobre que a mas tardar mañana a primera hora me pegaba una vuelta para regularizar mi situación. Pero no hubo casoAsí que apenas se fue caminé tres cuadras hasta la casa de El loco parlante, ahí al costado de las vías del tren. El loco asomó apenas la cabeza por el borde de la terraza, con los ojos desencajados mirando al cielo, a la calle, y los pocos pelos que le quedaban totalmente enmarañados. No pasaron ni diez minutos que ya lo tenía trabajando en la cosa, con un cuchillo de comer y un destornillador plano “¿Tenés escoba?” me preguntó. Le contesté que sí. Entonces me dijo que estuviera atento, que si en una de esas quedaba pegado, le metiera un buen palazo en la cabeza. El loco parlante. Laburó un rato sobre el tablero, sin cortar el suministro, y yo lo observaba azorado al ver como se retorcía en terribles espasmos a causa de la electricidad. Estuve dos veces a punto de romperle la cabeza con la escoba, pero él mismo me detuvo, aduciendo que estaba de lo mas bien y que le gustaba las cosquillas que los 220 voltios le hacían en el cuerpo.Cada dos o tres semanas, quizás un mes, la historia se repetía. Llegaban, trabajaban rápidamente y se iban. Cuando nos encontraban en casa, a fuerza de chamuyo muchas veces evitábamos el corte. Eso se festejaba. El triunfo de la animalidad. Porro o birra en el patio, bajo el sol.Una mañana llegó un operario, uno del enemigo. Llegó con refuerzos. Trajo a un policía de la comisaría 36 para que custodiara. Escuché el ruido desde la cocina y fui a despertar a mi hermano. “Nos están cortando la luz de nuevo”. Mi hermano se levantó como un rayo. Abrió la ventana y les dijo tranquilamente que esperen, que se ponía el pantalón y salía y los cagaba a tiros a los dos, al electricista y al cobani. Cuando finalmente salió, con cuchillo en mano, ambos se habían ido con el trabajo sin terminar. Otro triunfo de la gestión. A la tarde, cuando volvía a casa, se me ocurrió abrir la caja del medidor. Había una nota escrita con fibrón azul, en letras grandes. La había dejado mi hermano. Decía:
“Al rati que vino hoy que nos chupe bien la pija"
jueves, diciembre 21
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