Esta va para mi amigo Jose Luis
que está en Neuquén leyendo libros de filosofía
y fabricando magia con hilo encerado,
escribiéndose la vida
con esa honestidad que lo vuelve transparente
como el viento que debe soplar por allá.
Para mi amigo y sus pulmones
flojitos, su alma de acero, su risa de alegría
despatarrada y sencilla, que me metió
tantas patadas de aliento en el culo
y que nunca nunquísima levantó
el índice para juzgarme.
Mi amigo, levitando en el aire, como un barrilete,
como una vez en parque Rivadavia
cuando me dijo que la muerte de mi mamá
era lo mas triste que le había pasado en su vida.
Con el que armamos tres bandas
que no llegaron a nada.
Que entiende mis vicios aún sin compartirlos.
De Lugano a Soldati, de Soldati a donde pinte,
a los ocho, a los quince, a los veintidós
pateando las veredas sin nada de miedo y sin dolor,
sin mañana, porque así fue y será nuestra unión:
ahora,
hoy,
ya,
en este minuto
y después vemos como hacemos.
A veces me pongo a pensar
en el patio de la casa del Barrio Sarmiento,
¿te acordás hermano?
El mundo no existía.
No había nada alrededor.
Solo nuestro universo perfecto
de banditas de rock
y los otros juegos idiotas que no podíamos jugar
con nadie más.
A mi amigo el Jose dos cosas:
que nuestra amistad es el aire más puro que yo haya
respirado alguna vez.
Y que
cuando tenga un hijo
le voy a poner
tu nombre.
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5 respuestas:
¡Sí que a José le debe haber alegrado mucho llamarse José!.
Que bueno volver a leerte, ya casi pensé que te habías fastidiado también de las letras.
Un abrazo.
sabes que no tenía pensado moquear ahorita nomás. Pero que mariconcito me pusieron los años.
Aplaudo como nunca tus palabras y no puedo más que decirte que te quiero, pero 'como te quiero hermano'. Y si me decís que así se va llamar ese que nonace, te digo y no te miento que Adrían hubiera querido llamarme más de una vez...
que pelotudoooooooo, se lo leí a los viejos y como tal pelotudo les lloré.
que lo parió jipi
tanto adoré esta prosa más cuanto la sentí. todo el tiempo pensé en Fer dejando atrás esta maqueta gris, buscando un lugar entre los cerros. y en lo necesario que creo abrazarla, por el empujón salteño y por no haberme reprochado que, cuando llegué, olvidé su cumpleaños.
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