Esta va para mi amigo Jose Luis
que está en Neuquén leyendo libros de filosofía
y fabricando magia con hilo encerado,
escribiéndose la vida
con esa honestidad que lo vuelve transparente
como el viento que debe soplar por allá.
Para mi amigo y sus pulmones
flojitos, su alma de acero, su risa de alegría
despatarrada y sencilla, que me metió
tantas patadas de aliento en el culo
y que nunca nunquísima levantó
el índice para juzgarme.
Mi amigo, levitando en el aire, como un barrilete,
como una vez en parque Rivadavia
cuando me dijo que la muerte de mi mamá
era lo mas triste que le había pasado en su vida.
Con el que armamos tres bandas
que no llegaron a nada.
Que entiende mis vicios aún sin compartirlos.
De Lugano a Soldati, de Soldati a donde pinte,
a los ocho, a los quince, a los veintidós
pateando las veredas sin nada de miedo y sin dolor,
sin mañana, porque así fue y será nuestra unión:
ahora,
hoy,
ya,
en este minuto
y después vemos como hacemos.
A veces me pongo a pensar
en el patio de la casa del Barrio Sarmiento,
¿te acordás hermano?
El mundo no existía.
No había nada alrededor.
Solo nuestro universo perfecto
de banditas de rock
y los otros juegos idiotas que no podíamos jugar
con nadie más.
A mi amigo el Jose dos cosas:
que nuestra amistad es el aire más puro que yo haya
respirado alguna vez.
Y que
cuando tenga un hijo
le voy a poner
tu nombre.
viernes, abril 25
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