miércoles, julio 23

Para la patria de un niño

No me cabe que objetos viejos sin vocabulario suficiente para hablar
sobre mí se tomen la molestia de representar algo, un inventario
inconcluso inútil de valores afectados. Por mi que no,
que no estén, una locura verlos ahí quitando
espacio empaquetados en papel madera,
con hilo sisal que solo afloja a filo de
cuchillo acumulando mugre
melancolía nostalgia,
la gran oda
al tanga -
zo.

Y aunque reconozco el valor
que la gente
le da a los recuerdos,
me gusta observarlos desde afuera. Apreciar todo
lo que

encierran

Viejos viejos viejos
objetos chotos que son nada,
tanta nada,

tang sabor a nada,
nada vacía ausente que a veces pareciera ser todo

Porque, pero, que se yo, pero que se yo, no se,

...
...

una foto vieja,
una de pendejo,
una de cuando había
una de cuando no. Ver la casa,

ver el patio

la cara de mi mamá que ya no recuerdo

los trofeos de fobal y las revistas Metal
los discos de folklore

las cuerdas bordonas mágicas aireando el living y la cocina,
las zambitas, las bagualas,
las chacareras, las vidalas,
los valsecitos peruanos, las milongas.

Y mirar de nuevo todo. Mirar bien
Mirar las tapas,

estudiarlas con precisión de loco
cambiar el orden de las canciones
dar un nuevo sentido de vida a toda
esa vida muerta

Ya se:
oir otra vez “Romance para la patria de un niño”,

que los pibes
piden que la recite cuando
estamos todos bien
en curda.