Hay una chica que se merecería por ejemplo
que una lluvia fresquita la agarre
a la tarde mientras pasea
en su bicicleta violeta. Una linda lluvia.
Una que le limpie la cara y el corazón y todo lo demás.
O se merece por ahí un domingo,
una hamaca paraguaya, una casa de madera,
tiene que haber mate y bizcochos, eso si, y tiene que haber
perros cualunques rompiendo las pelotas
y tiene que haber negritos con rulos corriendo
por ahí. Y capaz su voz saboreando la melodía
y depositándola en el aire merece
mas que mis dedos sobre las cuerdas.
Pasa que ella está del lado de la vida,
de respirar, de descalzarse las patas, de fijarse
en lo que nadie tiene tiempo para ver y tiene la maravillosa
capacidad de preferir lo simple.
Comer muchos caramelos, tomar el jugo de manzana,
hacer tortas de cumpleaños, tener sobrinos, festejar.
Escuchame, además es alta perra, guacho,
si la ves te caes de culo, y sin embargo
ella se ríe como un macho y te abraza
con la fuerza de un buen amigo, y uno siente que esas manos
que ya bloquearon miles de pelotas,
que ya palparon la aspereza de la muerte
se merecen de una vez por todas
acariciar la suave felicidad.
Y así es como se ganó el derecho a que la luna
la acompañe todas las noches hasta su almohada,
y así es como si yo pudiera le pondría un rayo de sol
en su cabeza, en todas las horas,
para que no tiemble de frío nunca más.
Este caballo negro no tiene todavía lo que se merece,
pero yo se que no tiene que parar
de galopar, porque allá en el horizonte
algo bueno la está esperando.
Y en cuanto
a este perro flaco, no mucho:
solamente que sería feliz
de correr por la vida
a su lado.
miércoles, agosto 13
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