viernes, febrero 2

Levedad


Se agotaban las últimas jornadas del mes de febrero de tal año y nada en particular había en esos atardeceres, salvo la lentísima declinación de los días. Los cielos de ese tal mes de febrero se mantenían claros y despejados hasta pasadas las ocho, retrasando severamente las horas de oscuridad nocturna. Las temperaturas medias se registraban como las más altas en décadas, fenómeno que provocaba un clima particularmente sofocante y tedioso. Los hombres tortugas notaban con precisión su agobio físico aún luego de que el sol arrojara sus vigorosos rayos diurnos Lo notaban llegando a sus casas, a las salidas de las fábricas, en las periferias, en los centros, en el ferrocarril, en las estaciones de tránsito.


El flujo de las estaciones. El estrépito sonoro que marca la llegada en masas de los jóvenes tortugas a las estaciones de trenes. La rápida ocupación de los últimos furgones hasta colmarlos de cuerpos, manos, piernas, gorras, instrumentos de trabajo, sudor y humo de cigarrillo. La marcha con rumbo a los barrios de más allá, el conurbano, atravesando en minutos el ancho todo de la ciudad. Las tortugas, sin aliento, charlan.


- Estoy muy intrigado por el calor. Siento que está trayéndome algo pronto y tengo angustia. Es algo que me va a hacer tambalear mucho. Es cosa de locos, parece ¿Vos te acordás, no?"


- Me acuerdo, claro. El calor siempre trae cosas. Mis cosas las trajo el calor. La gente, las tortugas, no se dan mucha cuenta.


- Pero me angustia y tengo temor. Ayer recordaba un poco. Vos acordate. La mujer que vivía al lado de mi casa. Ella me traía el pan sobrante del día anterior para que yo reforzara el almuerzo. Y yo comía pan con orégano. Eso tenía que comer. Al pan se lo calienta en una sartén y se le pone sal y orégano.


- Es rico. Sal y orégano. Y esa es la segunda cosa: el calor siempre trae cosas buenas. Lo mejor es pensar que vendrá algo tal vez mas chiquito que se pueda parar con uno en una piedra para mantener el equilibrio. Eso puede pasar. O una piedra mas grande para cambiarse de lugar. A mi también me intriga el calor. Yo espero una tarde en la que anárquicamente el sol se esconda y un viento fuerte me tire hacia otro lugar. Si el viento lo hace, voy a esperar con los pies en un río fresco


- Ahí viene el tren. Mejor ahora un poco de silencio, porque el ruido es ensordecedor y no puedo pensar.
Foto: Eternauta