jueves, diciembre 6

Ojotas

De aquel verano que guardo
para que vuelva siempre
en el que anduve en ojotas todo el tiempo
recuerdos de mis patas sucias andando
sobre dos fetitas de fiambre
a cuatro pesos el par cerca de plaza Once
con las que vagueaba lento con mi perro amigo
por ahí por Villa Crespo
matando entre los dos la tuca en Parque Centenario
mientras nos bebíamos de golpe
todos los rayos del sol.

En el verano de las ojotas
en el que vivía con ella
a puro ensayo de power trío en la sala de Darío
composiciones alcohol y paseo,
bronceado y flaco,
perdido en las noches quietas
acariciando el semblante de mi alma.
Aquel verano de ojotas y rock
en el que ella al fin
se cansó.

Vuelta a Soldati.
La de los guachos que nunca cambian.
Con la cabeza entre los pies,
llegando en ojotas mochila al hombro
y una caja con libros. Esperaba
mi hermano con
asado y cartones de tinto.
El perro también avisaba que volvía meando uno
por uno los árboles de la cuadra, saludando
a los viejos
que se sientan en la vereda a esperar
que el calor afloje.
En una de esas noches en las
que te metes el ventilador
en el culo
nosotros volvíamos a Soldati.

¿Adonde estará ella? ¿Qué estará haciendo ahora?
Linda, tomá este beso y perdoname
por todo.
Nunca me olvido. Ni de tu cara ni de esos años.
Largos y maravillosos años
en los que serviste en mi mesa
la mejor
porción de tu vida.