martes, enero 8

Fuego de una noche de verano

Por eso de vez en cuando dejo
que suba la fiebre.
Porque amanece afuera con un sol asqueroso
invicto de descanso insomne con los ojos ardientes partidos una veintena de veces por venas horribles de finas.
Porque el apolillo, la vigilia, intercambiándose como blanco y negro
en un tablero de damas, hora tras hora.
Porque en la cabeza un cúmulo de óxido de extraordinaria
lucidez que se olvida del tiempo y su constante
y asfixiante amenaza. Saborea el dolor con la minucia
de una ardilla.
Porque la garganta es el fuego de una parrrillada para dos.
Porque la quietud extrema masajea los pies de la noche.
Porque los sueños.

Ronquidos de novalgina. Zumbidos de ibuprofeno.
De vez en cuando dejo que la fiebre me suba
porque las pequeñas irregularidades
y los grandes detalles no suceden tan a menudo,
porque al cuerpo le gusta las rutinas
y la vida se caga en las aristas.
Pero siempre hay algo.
Basta despertarse a medianoche
bañado en sudor,
quitarse la chomba y secarse el cuerpo
la cara el cuello la espalda el pecho el sobaco y la bolas
arrojar la tela al medio del cuarto
y taparse a esperar
los escalofríos, que son como sutiles
descargas de la muerte
omnipresente.